martes, mayo 07, 2013

De los cambios, los retos y las preguntas que te hace la vida.


Dice Albert Espinosa que cuando crees que sabes todas las respuestas, viene la vida y te cambia todas las preguntas. 

Llegué a España hace 4 años convencida de que escribía fenomenal. Yo chapé mis maletas y me vine dispuesta a escribir un poquito, ganar mi premio Planeta, vivir de mis rentas y mudarme a Benidorm para terminar mis días como una gorda bronceada que escribió un libro y fue feliz como la perdiz.

Luego aprendí todo lo que hay que aprender para escribir
Y dejé de escribir. 

Le pasa a mucha gente. Lees a fenómenos como Faulkner o Vargas Llosa y te consuelas pensando que tú no eres tan fenomenal, sólo un minipoquitín. Lees a one-hit-wonders como Lorrie Moore o Ann Marlowe y empiezas a preocuparte, porque mientras ellas suenas como Puccini en tus oídos tu apenas suenas un poquito como Magneto ya en sus épocas de capa caída.

Y te deprimes
Y no escribes más. 
Y te vuelves una ejecutiva a la que le gusta leer y a quien sus amigos piden recomendaciones de libros.
Y cuando ya estás acomodada, tranquila, estable y en paz con las decisiones que tomaste en los últimos cuatro años

Viene la fokin vida y te vuelve a cambiar todas las fokin preguntas. 

Y he vuelto a escribir, porque no hay lugar mejor para aprender de la vida que frente a un papel y con un lápiz en la mano. Creo que, poco a poco, voy convenciéndome de que tan mal, tan mal, no escribo.
Han sido cuatro años, y parece que hubiese sido una sola noche. 
Nos vemos.

* Este post es cortesía de un reto de mi querida Vanessa. Gracias por, sin saberlo, darme una buena patada en el culo.
* Ultimamente sólo escucho música motivadora como Kung Fu Fighting o You make my dreams come true. Sólo tengo 60 canciones en mi iPhone. Ayuda.
* T-16. Yija.
* Ya que en España no hay clorets masticables he desarrollado una nada saludable adicción por las stroopwaffels holandesas.

miércoles, marzo 06, 2013

Ella es mi mamá.

Si mi mamá fuera mi hermana 
Usaríamos los mismos perfumes,
Disfrutaríamos las mismas películas,
Nos gustaría ponernos la misma ropa.
Nos echaríamos en el sillón a dormir juntas la tele
y haríamos sobremesas largas después de comer el mismo plato.

Si mi mamá fuera mi amiga 
Nos contaríamos muchos secretos
Hablaríamos horas por teléfono
Y lloraríamos de amor sin vergüenzas
Saldríamos a pasear y a tomar cafés, postres, helados
E iriamos sin agenda alguna al mar, al cine, a las tiendas.

Pero mi mamá no es mi hermana. Ni mi amiga.
Es mi mamá.
Pero nos gustan los mismos perfumes, las mismas películas,
las mismas sobremesas, los mismos cafés y los mismos helados
Por lo que tengo la suerte 
Extraordinaria y mágica
De tener en un mismo paquete a madre, hermana y amiga.

Así que hoy en tu día, mamá
En el que cumples sesenta y ocho veranos
(treinta y cinco más que yo) te digo
que si la vida me hubiera puesto una mamá
la mitad de paja que tú
seguiría siendo la más afortunada.
Por pura regla matemática 
Tú en mi vida eres una doble fortuna
O quizá hasta triple.

Hoy no te puedo abrazar con mis brazos,
así que te abrazo con mis palabras 
y con mi corazón
Al que tú criaste 
E hiciste inmenso.

miércoles, febrero 13, 2013

Todo

Todo en la vida se acaba, y se acaba sólo para volver a empezar.

Ya está en el aire girando mi moneda- y que sea lo que sea.

viernes, diciembre 16, 2011

¿Por qué escribo?

Escribo porque escribir no le hace ningún bien al mundo: No termina con la guerra, no erradica la pobreza, no cura enfermedades ni le da de comer a los niños en África. A pesar de ello, escribir me hace sentir más útil que nada.
Escribo porque me permite abrir una puerta o cerrarla para siempre.
Escribo porque para escribir no necesito a nada ni a nadie.
Escribo porque es más barato que ir al psiquiatra.
Escribo porque no sé, y quiero saber.
Escribo para tener vocabulario y poder decir prestidigitador soberbio fastuoso ecuménico e incólume.
Escribo para perder los escrúpulos y gritar cosas que yo nunca gritaría.
Escribo para releerme y reinventarme y empezar de nuevo, porque escribiendo uno aprende que sí es posible hacer borrón y cuento nuevo.
Escribo porque cuando escribo, pienso. Escribo porque cuando escribo, no pienso.
Escribo para enamorarme una y otra vez, porque al escribir los sentimientos se magnifican de manera soberbia y no concibo un amor que no sea superlativo y exagerado.
Escribo porque cuando escribo miento y cuando miento, digo la verdad.
Escribo porque escribir es una forma de nostalgia y de materializar lo que he perdido.
Escribo para ser libre.
Escribo porque, escribo para, escribo donde, escribo cuando, escribo como.
Escribo para que me lean. Mis amigos. Mis enemigos. Gente que me quiere. Gente que no me quiere nada. Gente que no conozco ni conoceré. Gente que me dará la mano cuando me enferme a los 79 y me escuche farfullar sobre el miedo que siento de morir.
Escribo porque no sé decir las cosas de otra manera. Escribo porque no sé hacer nada más. Y no quiero tampoco.

[N. del E.: Como reciclar es muy bueno, voy reciclando posts pasados. Viva la ecología.]

sábado, noviembre 19, 2011

De las carencias y las oportunidades

1.
Nunca aprendí a montar bicicleta. Crecí en mi departamento de toda la vida, en la Avenida Aramburú, por lo que montar bicicleta hubiera significado tener que escoger entre morir atropellada en la Avenida Aramburú, morir atropellada en República de Panamá, morir atropellada en Paseo de la República o morir atropellada en la Tomás Marsano. Los ochentas, los coches bomba, la hiperinflación y los asaltos un día sí y al otro también formaban parte incómoda de la ecuación de la no-bicicleta, por lo que mis veranos fueron siempre de la puerta para adentro y los sobreviví a base de barbies, yaxes y Nubeluz.
2.
Nunca aprendí a nadar. Jamás superé el primer carril de la piscina de grandes en Ismael Merino, y por más fotos que me hicieron contra la pared celeste sosteniendo mi tablita de tecnopor y sonriendo como una cojuda no fui capaz de aprender a echar burbujitas por la nariz y a coordinar el sencillo algoritmo de cabeza afuera / inhala por la boca + cabeza dentro exhala por la nariz. Con los años desarrollé mi propio estilo a lo Tarzán, cabeza afuera, y procuré siempre mantenerme en el lado de la piscina donde pudiera tocar el piso con la punta de los pies.
3.
Nunca aprendí a coger olas. Mis hermanos eran unos maestros. Mis papás nos llevaban a la Herradura y Guillermo y Cecilia se avalanzaban hacia el mar sin temor a zambullirse, a revolcarse, a salir con la ropa de baño embadurnada de arena por fuera y por dentro mientras yo, tetudísima, me acercaba miedosa a la orilla, mantenía las rodillas incólumes y me agachaba para recoger agua y mojarme los antebrazos. Sólo me metía al mar si íbamos a Embajadores, donde apenas habían corrientes y donde no existía el peligro de morir ahogada.
4.
De niña nunca fui a Miami. Si creces en el San Silvestre, como hice yo, ir a Miami una vez al año es prácticamente obligatorio. En la época en que estaban prohibidas las importaciones mis amiguitas del colegio regresaban de las vacaciones de julio bronceadísimas y con las mochilas llenas de chicles megamodernos que dejaban a mis 2en1 como una reverenda cochinada.
5.
Planché en todos los quinces a los que fui. Por más vestidos pegaditos que me puse y por más horas que practiqué el meneíto, planché en todas y cada una de las fiestas de quince a las que fui. Quizá era mi cara aún en proceso de desarrollo y de terror absoluto la que espantaba a los muchachos. No lo sé. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que bailé una lenta: fue cuestión de meses luego de mis quince años que se extinguieron para siempre. Como los dinosaurios.
6.
Todas esas carencias, sin embargo, poco han importado en mi desarrollo como ser humano. Es cierto que mis habilidades motoras truncaron por completo su desarrollo y un playmobil tiene más flexibilidad que yo. Es cierto que hasta el día de hoy le tengo miedo a todo: entrar al baño de hombres por equivocación simplemente ME ATERRA. Es cierto que me cuesta tomar la iniciativa y que la rutina, lejos de aburrirme, me alivia y reconforta. Pero ninguna de mis carencias verdaderamente me importa. En el momento en que uno acepta que no todo es para todo el mundo y que no todos tenemos que hacer lo que hacen los demás si así no lo deseamos, la vida adquiere un matiz precioso. En el momento en que te reconoces como individuo, tus carencias dejan de ser vergúenzas y se convierten en posibilidades. Y sólo si lo quieres.
Epílogo
Aprendí a montar bicicleta una tarde de verano de 2009, en Barcelona. Pili Chuez grabó los videos. Me tiene amenazada con enviarlos a la televisión, y he prometido no viajar en dos ruedas nunca más.
Aprendí a echar burbujitas por la nariz bajo el agua una mañana de 2011, en Nambroca. En 2012 empezaré a practicar el libre, y soy feliz de que no hayan olas en el Mediterráneo.
Bailo lentas con Eduardo todas las noches en nuestra cocina. Mientras hacemos la cena y nos contamos nuestro día, bailamos. Todas las veces lo saco yo, y él acepta siempre. No hay nadie más en el mundo con quien quisiera haber bailado.

viernes, agosto 26, 2011

De los pies de gigante y de la felicidad

Me han crecido los pies.
Y no es broma.
Este verano decidí reciclar sandalias: saqué del fondo del closet todos esos zapatos que no me ponía desde Lima y opté por el look vintage, que no quiere decir más que 'me pongo cosas requeteviejas con una lisura que no veas porque mujer más fashion que yo, sólo en alucinaciones'. La que alucinó fui yo al ver que, infinitos, asomaban mis dedos y talones por absolutamente todos los recovecos de mi vintage look. Quise atribuirle semejante fenómeno a los sofocos del verano, a mis 4 kilómetros diarios, al gobierno y/o al calentamiento global, pero mis pies han crecido a lo largo y no a lo ancho, por lo que quedan descartadas las hinchazones estivales y me resigno, más bien, a un estiramento de las patas bárbaro.
Junto a los pies me han crecido el ego, el amor propio, la simpatía, la guapura y la humildad. Creo que me encuentro en una de las mejores etapas de mi vida: me gusta mi trabajo, me gusta mi ciudad, me gusta mi casa y, sobre todo, el novio con quien la comparto. No recuerdo cuando fue mi última gripe y ya voy viviendo un tiempo considerable sin creer que sufro una enfermedad terminal: gracias Virgen de Muruhuay, me has curado de la hipocondría y de todos los males que con ella vinieron (extrañamente, nunca diagnosticados). Me gusta mi nueva y reforzada salud. Lo que no me gusta es el estado de mi billetera (si me dan la vuelta no cae ni medio euro), pero yo me rijo por el viejo dicho de que 'el dinero no hace la felicidad', que seguro lo inventó un pobre (pero a todos los de su condición ¡cuánto alivio nos otorga!) Quizá si me sobrara el billete y no hubiera decidido ahorrar en zapatos no me hubiera dado cuenta del fenómeno ocurrido en mis pies, que quizá ha sido una pequeña señal divina o cósmica para recordarme que, a excepción de unos pies de tamaño ordinario, lo tengo todo.
Un beso, un abrazo y una potente caricia con mis gigantescas extremidades inferiores.
Mariella

jueves, agosto 18, 2011

De los espejos y de las asquerosidades

Happy Monday.
Pues la siguiente es una de las leyes incuestionables del universo: Para mí, las ex de Eduardo serán siempre más feas, más gordas, más tontas, más lornas y más asquerosas que yo. Me consideraré siempre como una especie de upgrade, como cuando pasas de clase turista a primera clase en el avión y te preguntas cómo caracho has podido volar toda tu vida en esa basura de clase. Inevitablemente y de forma proporcional, para las novias de Manuel que vinieron o vendrán después de mí yo seré (sin remedio alguno), infinitamente más fea, más gorda, más tonta, más lorna y de lo más asquerosa. A Eduardo mis ex le dan igual. Manuel (creo) me recuerda con cariño y quizá, dada su inmanente bondad, haya logrado olvidar algunas de mis asquerosidades. Al menos eso espero.
El tema central es este: ahí radica una de las tantas diferencias entre hombres y mujeres. Para nosotras, el pasado de los otros es fundamental para comprendernos a nosotras mismas, como si fuera un enorme espejo en el que buscamos sentirnos reflejadas (y aumentadas). Los hombres rara vez miran espejos ajenos, y cuando miran el suyo, pues lo ven todo de la pitri mitri.
Octavio paz no se equivoco al decir que todo es espejo. Sólo le faltó decir que echarle un vistazo a los espejos ajenos no tiene peligro, siempre y cuando sea una visita corta, fugaz, de reojo. El peligro existe cuando uno decide quedarse a vivir ahí. Los que, como yo, se perdieron en la Casa de los Espejos de la Feria del Hogar (¡qué maravilloso lugar!), sabrán que es fácil perderse y llorar en un mundo de espejos, sobre todo si no son los tuyos.
Por eso hoy me puse los lentes de contacto sin espejo. Para ver sin pasado. Me puso uno en la ceja. Iré mejorando.
Dedico esta cartita a los ex, a quienes guardo con cariño en el agujero de las cosas perdidas, ese álbum de recuerdos donde todos archivamos aquellas cosas que ya no tenemos.
Besos y abrazos (míos) y lamidas en los pies (de Poncho),
Mariella

De caminar leyendo y de las coincidencias

Viajo mucho en tren y viajo mucho en metro. 2 horas al día, por lo menos. En ambos, leo. Leo yo y lee mucha gente. Cuando lees, el mundo exterior se minimiza, se hace diminuto: ese señor que todos los días pide limosna (porque tiene doscientos treinta y siete hijos, duerme en un cajero y sólo busca una moneda para comprarse un bocadillo, por caridad) se vuelve un murmullo minúsculo allá muy lejos, tanto, que llega incluso a importarme un carajo.
Se siente maravilloso que la lectura te vuelva dura, fea, avara, perversa o ruin, aunque sea sólo por breves instantes, por segundos: es esa la magia de leer (y escribir): que te transforma.
Por eso leo. Para transformarme. Importándome bastante poco en qué.
Un abrazo libresco
M

P.D. De momento estoy dominando el arte de leer mientras camino. Lo hago con una lisura envidiable.
P.P.D. Por si a alguien le interesa, recomiendo mucho la lectura de Paul Auster. He leído casi todo de él, y todo me gusta. Paul Auster no cree en las coincidencias. Quizá por eso me gusta.
P. P.P.D. Les recomiendo escuchar "Levántate y Anda" en Oxígeno. No solo porque lo conducen dos amiguitos, si no porque Alfredo hoy me mando saludos (con nombre y apellido, ¡menudo lujo!), y aunque usó mi nombre con propósitos comerciales y pusieron bajo tela de juicio mi *ya conocido* control con la bebida, me ha hecho sonreir. Hola Alfre.

miércoles, julio 13, 2011

De mi y las coincidencias

Saludos, terrícolas.
En mi post anterior les puse una simpática fotito donde les contaba que una familia Abeja había decidido ocupar mi buzón sin pedir permiso ni pagar el alquiler.
Mi buen amigo Luciano, quien entre sus múltiples hobbies tiene el hacerle notar a la gente cuando está equivocada (lo cual me encanta, entre otros numerosos atributos) se apuró en corregirme y asegurarme que eso no eran abejas, sino avispas. Anoté la corrección.
Esa tarde, Eduardo me comentó que una avispa lo había picado.
Esa noche, una avispa me picó (dos veces, ¡qué lisura!) en mis delgados y siempre en forma meñiques.
Ese fin de semana, mientras secaba a Poncho luego de su necesario baño, otra avispa me picó.
En resumen, estoy de avispas hasta los huevos.
De mi experiencia con los aguijones he podido sacar varias conclusiones:
Uno: Que no soy alérgica a las avispas, a diferencia de mi otro buen amigo Juan Pablo, a quien si le pica una, hay que llevarlo derechito al hospital. Luego de chupar y sacar el veneno (qué pornográfico sonó esto...) el dolor se fue casi de inmediato.
Dos: Que no sé si creer en las coincidencias. He vivido toda una vida avispa-less, y de pronto tracatán, avispas por todos lados. De no ser por Luciano hubiera creído que eran abejas. De no ser por su chocita en mi casa, no hubiera habido coincidencia alguna. No sé si las coincidencias existen, o es que cuando algo te afecta, empiezas a notarlo más. Como cuando temes estar embarazada, y de pronto ves embarazadas por todos lados. O a tu ex en todas partes (esta me ha pasado más a menudo).
Tres. Que el dolor sea quizá también una coincidencia entre nuestro statu quo y el daño en sí. No puede ser que haya sido atacada por angry wasps en tres ocasiones y que el dolor se haya ido con sólo succión + escupitajo. Y que no haya querido correr al hospital. Para una hipocondríaca como yo ha sido absolutamente sorprendente.

En fin. Que estoy llena de curitas, y sólo quería que lo supieran.
También quiero que sepan que estoy escribiendo, a paso lento, pero escribiendo. He tomado una que otra experiencia de la vida real, y por ello les pido perdón. Sin embargo, dudo que cuando me lean sepan identificarlas: soy yo -quizá- la única que podría destejer mi propia maraña de coincidencias.
Abrazo avispero, y uno especial para el bueno de Luciano.

De mi y de las alergias


Al fin se me fue la alergia.
Aquellos que dicen que la primavera es la más linda de las estaciones puede irse, por mi, directamente al cacho. La primavera trae flores y las flores traen el polen, y mientras las abejas polinizan como unas desgraciadas y en la tele nos anuncian que Ya es Primavera en El Corte Inglés, yo no paro de estornudar, lagrimear, moquear y toser. Ni de hacer ese ajjjj ajjjj con la garganta que uno hace (en privado) cuando le pican a uno los oídos. Los 10 síntomas de Comtrex son un chancay de a 20 a mi lado, y mientras todo el mundo hace picnics y sale a las calles yo lo único que quiero hacer es quejarme (y es que quejarme es una de las cosas que más me gusta hacer).
Esta ha sido la segunda primavera que lo he pasado mal con el polen. La primera primavera en España, hace 2 años, estuve de lo más pancha sacándole cachita a todo el mundo de que mi nariz no servía para nada, ni para la alergia. Cuánto me equivoqué. Al primer estornudo supe que había algo muy mal. Luego de averiguar un poco (y es que otra de las cosas que me gusta hacer mucho es informarme y luego no hacer nada al respecto) resulta que uno puede sensibilizarse. Un día puedes comerte un chupe de camarones, otro día te lo comes y te da una anafilaxia de terror. Un día respiras de lo más normal, otro día te sensibilizas y el aire polinizado te manda derechito al alergólogo.Yo sospecho que le tengo alergia al olivo, y vivo al lado de un olivar (de los grandes). En resumidas cuentas, estoy jodida.
El tema es: ¿Por qué uno se sensibiliza? ¿Por qué de pronto una cosa que ha estado ahí siempre empieza, de buenas a primeras, a afectarte -para bien, para mal-? Como el día preciso en que te das cuenta que te enamoras. Te sensibilizas. Un día no sentías nada, y al otro día, lo sientes todo.
Estas son las cosas en las que pienso cuando, para acallar la sensiblería, me embuto todos los antihistamínicos que mi cuerpo pueda soportar y entro en un magnífico estado de permanente cojudez. Pero el verano ya ha llegado, he dejado los antialérgicos, y me toca ahora quejarme del calor y volver a escribir.
Espero que el invierno tan lindo de Lima (sin sarcasmos, el invierno de Lima es de mis cosas favoritas) los trate a todos de la pitri mitri.
Un abrazo
Mariella
P.D. La foto adjunta es de una familia Abeja que se quiso pasar de lista y zamparse de "Okupa" en mi buzón. ¡Qué lisura!