sábado, noviembre 19, 2011

De las carencias y las oportunidades

1.
Nunca aprendí a montar bicicleta. Crecí en mi departamento de toda la vida, en la Avenida Aramburú, por lo que montar bicicleta hubiera significado tener que escoger entre morir atropellada en la Avenida Aramburú, morir atropellada en República de Panamá, morir atropellada en Paseo de la República o morir atropellada en la Tomás Marsano. Los ochentas, los coches bomba, la hiperinflación y los asaltos un día sí y al otro también formaban parte incómoda de la ecuación de la no-bicicleta, por lo que mis veranos fueron siempre de la puerta para adentro y los sobreviví a base de barbies, yaxes y Nubeluz.
2.
Nunca aprendí a nadar. Jamás superé el primer carril de la piscina de grandes en Ismael Merino, y por más fotos que me hicieron contra la pared celeste sosteniendo mi tablita de tecnopor y sonriendo como una cojuda no fui capaz de aprender a echar burbujitas por la nariz y a coordinar el sencillo algoritmo de cabeza afuera / inhala por la boca + cabeza dentro exhala por la nariz. Con los años desarrollé mi propio estilo a lo Tarzán, cabeza afuera, y procuré siempre mantenerme en el lado de la piscina donde pudiera tocar el piso con la punta de los pies.
3.
Nunca aprendí a coger olas. Mis hermanos eran unos maestros. Mis papás nos llevaban a la Herradura y Guillermo y Cecilia se avalanzaban hacia el mar sin temor a zambullirse, a revolcarse, a salir con la ropa de baño embadurnada de arena por fuera y por dentro mientras yo, tetudísima, me acercaba miedosa a la orilla, mantenía las rodillas incólumes y me agachaba para recoger agua y mojarme los antebrazos. Sólo me metía al mar si íbamos a Embajadores, donde apenas habían corrientes y donde no existía el peligro de morir ahogada.
4.
De niña nunca fui a Miami. Si creces en el San Silvestre, como hice yo, ir a Miami una vez al año es prácticamente obligatorio. En la época en que estaban prohibidas las importaciones mis amiguitas del colegio regresaban de las vacaciones de julio bronceadísimas y con las mochilas llenas de chicles megamodernos que dejaban a mis 2en1 como una reverenda cochinada.
5.
Planché en todos los quinces a los que fui. Por más vestidos pegaditos que me puse y por más horas que practiqué el meneíto, planché en todas y cada una de las fiestas de quince a las que fui. Quizá era mi cara aún en proceso de desarrollo y de terror absoluto la que espantaba a los muchachos. No lo sé. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que bailé una lenta: fue cuestión de meses luego de mis quince años que se extinguieron para siempre. Como los dinosaurios.
6.
Todas esas carencias, sin embargo, poco han importado en mi desarrollo como ser humano. Es cierto que mis habilidades motoras truncaron por completo su desarrollo y un playmobil tiene más flexibilidad que yo. Es cierto que hasta el día de hoy le tengo miedo a todo: entrar al baño de hombres por equivocación simplemente ME ATERRA. Es cierto que me cuesta tomar la iniciativa y que la rutina, lejos de aburrirme, me alivia y reconforta. Pero ninguna de mis carencias verdaderamente me importa. En el momento en que uno acepta que no todo es para todo el mundo y que no todos tenemos que hacer lo que hacen los demás si así no lo deseamos, la vida adquiere un matiz precioso. En el momento en que te reconoces como individuo, tus carencias dejan de ser vergúenzas y se convierten en posibilidades. Y sólo si lo quieres.
Epílogo
Aprendí a montar bicicleta una tarde de verano de 2009, en Barcelona. Pili Chuez grabó los videos. Me tiene amenazada con enviarlos a la televisión, y he prometido no viajar en dos ruedas nunca más.
Aprendí a echar burbujitas por la nariz bajo el agua una mañana de 2011, en Nambroca. En 2012 empezaré a practicar el libre, y soy feliz de que no hayan olas en el Mediterráneo.
Bailo lentas con Eduardo todas las noches en nuestra cocina. Mientras hacemos la cena y nos contamos nuestro día, bailamos. Todas las veces lo saco yo, y él acepta siempre. No hay nadie más en el mundo con quien quisiera haber bailado.

5 presuntos humanos tuvieron una opinión al respecto:

Anna dijo...

Me gustó mucho el epílogo. Al final haces todo lo que no hiciste antes y ahora las haces sin obligación y por voluntad propia. :D

Silvana dijo...

que linda!!me encantó el epílogo

Clau@Paris dijo...

El epílogo es lo más... yo también quiero tener una cocina donde bailar todas las noches con mi novio!

Daniela (aka Mu) dijo...

Es verdad, el epílogo exitosísimo, pero todo el post me hizo sonreír. Homita, nunca dejes de hacerme sonreír con tus posts.. LO EXIJO!

(yo tb bailo en la cocina, no lentas, pero tangos asalsados. Mi novio ríe y también siempre acepta bailando y diciendo "NO!").

Pequeña Biatch dijo...

por qué ya no escribesss?? me aburro en la oficinaa jaaa